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Los choques remotos

172 páginas. Tamaño 15 x 21 cm. ISBN: 978‐987‐1467‐81‐5
Precio de venta$ 220,00

LOS CHOQUES REMOTOS

Gabriel Abalos

 

Fueron. Iban.

Dadas diecinueve miradas en sesenta minutos a un número de personas observadas como desde una ventana más de un siglo atrás, la combinatoria de sus trayectos dará como resultado una suma perpleja.

Bajo el peso del tiempo, que en detalle parece más lento, gente que fue y que iba por la vieja ciudad, entonces vivía. El siglo daba sus primeros pasos (era 1904) y algunas personas estaban poseídas por la esperanza. Otras no.

Los ojos observan una hora en aquel laberinto y obtienen el sabor de esa mordida aún sangrante de la siesta de un jueves de junio en que nada era el pasado, sino apenas lo que pasaba.

Estas viñetas piensan en otros textos mientras describen éste llamado “Los choques remotos”, en una ciudad sin marineros, pero no sin peligros sembrados por los dioses. Aquí las olas secas enrostran amenazas propias a los que tienen los pies en tierra. A todos, en suma: son el miedo, la ansiedad, la fe, el deseo, la angustia, los que guían sus pasos. Creían que había de marchar, y tal vez no se equivocaran. Tenían fines inculcados desde fuera, acaso intermitentes, que conducían a donde siempre, en definitiva, estamos. Esta misma ciudad ya otra, donde rodaban –y rodamos- como bolas perdidas fervientes y aferradas al vigor del impulso. Todavía.

 

Fragmento;

"La mujer chistó al paso de un coche de alquiler que bajaba al trote por la calle ancha. Como era regordeta, sus pasitos le hacían sacudir los mofletes y el busto mientras trataba de acompañar los trancos del caballo con el brazo en alto, haciendo señas al cochero. Era cuarentona, de cachetes rojos y llevaba ropas sencillas de color gastado. El cochero tensó las riendas, pausando la marcha del caballo y reclamó, más que preguntó:

—Pa’ dónde va.

—Al Pueblo Alta Córdoba. Antes de la estación –respondió la voz entrecortada de Eufemia Carrera.

El cochero aproximó el carruaje y lo detuvo. Se haría unas monedas yendo al otro lado del río, qué mejor, de paso para su rancho. Y el plato de humeante puchero que lo esperaba para combatir el frío.

Aunque era más bien baja, Eufemia Carrera se las arregló muy bien para subir: apoyó con agilidad el zapato en el estribo, se tomó de la agarradera y se dio envión para izar sus noventa kilos más el bolso que aferraba en la mano izquierda. En cuanto se acomodó en el asiento apoyó sobre los muslos la carga y descansó sobre el bulto las manos rollizas. Inspiró hondamente y lanzó una exhalación para recuperarse. El conductor chasqueó con la boca y con un sacudón de riendas el caballo volvió a trotar hacia el norte. Eufemia miró al pasar una casa de altos y vio a dos muchachas asomadas a un balcón. Contemplaban la calle mientras sus largos pelos negros caían a borbotones por el costado de ambas cabezas. Dos pares aburridos de ojos seguían la trayectoria del coche. Mozas desgreñadas, sin voluntad... ¡Y mañana, a más tardar, preñadas! suspiró la mujer. Al sonar las tres campanadas de Santo Domingo, alejándose a espaldas del carruaje, Eufemia se santiguó. Demoró devotamente, con los ojos cerrados, el beso final en el pulgar.

Sobre 9 de Julio, a su derecha, un viejo mendigo pedía respetuosamente limosna a una dama. Se acarició con una mano el vientre, pero la dama lo esquivó como a un poste y se alejó hacia la vidriera de una zapatería. Pobrecito, murmuró Eufemia, hay que saber lo que es ese hueco feo en el estómago… El mendigo amagó dirigirse a una joven que caminaba hacia el sur, pero ésta se veía tan pálida e iba tan pobremente vestida, que el viejo desistió. La joven le sonrió al pasar, como avergonzada de no tener una moneda para darle; él le dedicó una elegante inclinación de cabeza. Eufemia lo vio permanecer quieto un instante, como si le costase respirar, y después arrastró un poco los zapatos hacia el cordón de la vereda y se dispuso a cruzar la calle."